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Revista de memoria, dignidad y justicia cultural latina

Edición Nº 4

El soborno racial: Cómo la división protege al poder Pt. 1

Ensayo especial en dos partes

Por Ángel Rivas Téllez

El soborno no necesita acabar con la pobreza. Sólo necesita hacerla menos humillante, dándole al pobre alguien más vulnerable a quien mirar hacia abajo.

El viejo pacto: Raza, trabajo y riqueza.

La historia de Estados Unidos no puede entenderse solamente como una lucha entre ricos y pobres. También debe entenderse como la historia de cómo la raza ha sido utilizada para impedir que los pobres se reconozcan entre sí como posibles aliados.

El soborno racial no siempre es dinero. Es una recompensa social, legal y psicológica que se ofrece a un grupo para que se identifique con el poder, en lugar de identificarse con otros grupos explotados. Susurra una promesa peligrosa: quizá no eres rico, quizá también sufres, pero al menos estás por encima de alguien más.

Ese susurro ha protegido la riqueza durante siglos. En lugar de dirigir el enojo hacia arriba —hacia los salarios bajos, las rentas imposibles, la deuda médica, el poder corporativo y el abandono político—, se enseña a la gente a dirigirlo hacia los lados o hacia abajo: contra los afroamericanos, los pueblos indígenas, los trabajadores mexicanos, los migrantes asiáticos, los musulmanes, los solicitantes de asilo, los inmigrantes indocumentados o cualquier grupo que en ese momento sea presentado como amenaza.

El resultado es un país donde la desigualdad crece, pero la inconformidad que podría convertirse en solidaridad termina convertida en resentimiento racial.

El viejo pacto

W. E. B. Du Bois describió esta dinámica como el salario público y psicológico de la blancura. Muchos trabajadores blancos pobres recibían poca riqueza material, pero recibían estatus público, ventajas legales y la compensación emocional de ser tratados como superiores a las personas negras.[1] Ese salario no los hizo ricos. Pero sí ayudó a convencerlos de que sus intereses estaban más cerca de la élite blanca que de los trabajadores negros que también eran explotados.

El soborno racial empezó temprano. En 1790, la primera ley federal de naturalización limitó la ciudadanía a las personas blancas libres.[2] Desde el inicio, la pertenencia legal estuvo ligada a la raza. Algunas personas podían trabajar, construir, servir e incluso morir en el país sin ser aceptadas plenamente dentro de él.

Después de la esclavitud, la jerarquía no desapareció; cambió de forma. Durante la Reconstrucción, los agricultores blancos pobres y las personas negras recién liberadas compartían necesidades reales: tierra, salario, alivio de deudas, educación, seguridad y representación política. Pero las leyes de Jim Crow, la segregación, el terror racial y la supresión del voto los dividieron. A los blancos pobres se les ofreció estatus, mientras terratenientes, industriales y élites políticas conservaron el poder.

El mensaje era simple: no se unan como pobres; identifíquense como blancos.

Trabajo, migración y culpa

La misma estrategia marcó la política migratoria. Los trabajadores chinos fueron utilizados primero como mano de obra barata y después culpados como amenaza para los trabajadores blancos. La Ley de Exclusión China de 1882 fue la primera gran ley federal que restringió la inmigración atacando a un grupo étnico específico de trabajadores.[3] Los poderosos se beneficiaron dos veces: explotaron el trabajo inmigrante y luego culparon a los inmigrantes por la inseguridad que esa explotación produjo.

El patrón se repitió en la historia estadounidense. Los trabajadores negros fueron culpados por los conflictos laborales. Los trabajadores mexicanos y filipinos fueron culpados por los bajos salarios en la agricultura. Los inmigrantes irlandeses, italianos y de Europa del Este primero fueron tratados como inferiores y después absorbidos dentro de la blancura, muchas veces a cambio de distanciarse de las personas negras y de otros grupos no blancos.

El soborno funcionaba porque ofrecía una aceptación condicionada: puedes subir, siempre y cuando demuestres que no eres como ellos.

En el siglo XX, las políticas del gobierno profundizaron la brecha racial de riqueza. Las familias blancas tuvieron más acceso a programas de compra de vivienda, desarrollo suburbano, hipotecas respaldadas por el gobierno y oportunidades para construir patrimonio después de la Segunda Guerra Mundial. Muchos veteranos negros, aun después de servir en el ejército, fueron excluidos de los beneficios completos del GI Bill mediante discriminación en educación, vivienda, bancos y administraciones locales.[4]

Eso no fue accidental. La riqueza en Estados Unidos se ha construido mediante leyes, tierra, trabajo, exclusión e herencia. El soborno racial ayudó a ocultar esa verdad. A un trabajador que apenas podía pagar la renta se le podía decir que el problema eran las familias negras, los inmigrantes o los pobres que recibían ayuda pública. Mientras tanto, la parte más alta de la sociedad acumulaba más propiedades, más influencia y más control sobre la economía.

Las cifras muestran el resultado. Brookings reportó que, en 2016, la familia blanca típica tenía aproximadamente diez veces más riqueza que la familia negra típica.[5] En 2025, el Banco de la Reserva Federal de St. Louis reportó que el 10 por ciento más rico de los hogares poseía el 67.2 por ciento de la riqueza total, mientras que el 50 por ciento más pobre poseía apenas el 2.5 por ciento.[6] El país está dividido por raza y por clase, pero la raza ha sido usada para impedir la solidaridad de clase.

Cómo se desvía el sufrimiento

El soborno racial es poderoso porque cambia la dirección emocional del sufrimiento. Cuando la gente está desesperada, busca una explicación. En lugar de escuchar: tus salarios son bajos porque las corporaciones debilitan el poder de los trabajadores, escucha: los inmigrantes te quitan el trabajo. En lugar de escuchar: la vivienda es impagable porque la ganancia distorsionó el mercado, escucha: los pobres están drenando el sistema. En lugar de escuchar: tu deuda médica existe porque la salud se convirtió en negocio, escucha: alguien más recibe beneficios que no merece.

Así es como el resentimiento se vuelve políticamente útil. La persona dañada por el sistema es invitada a defender ese mismo sistema, porque cree que alguien debajo de ella es el verdadero enemigo.

La primera parte muestra cómo el soborno racial convirtió diferencias de raza y clase en una herramienta de control. La segunda parte examina cómo esa misma lógica opera hoy dentro de las comunidades inmigrantes y qué podría ocurrir cuando la división deje de funcionar.

Fuentes seleccionadas

[1] W. E. B. Du Bois, Black Reconstruction in America; explicación del salario público y psicológico de la blancura.

[2] Ley de Naturalización de 1790, que limitó la naturalización a personas blancas libres; recursos de Immigration History / National Archives.

[3] Ley de Exclusión China de 1882; National Archives, Milestone Documents.

[4] Estudios históricos sobre la exclusión racial en la aplicación del GI Bill, vivienda, educación y crédito.

[5] Brookings Institution, Examining the Black-white wealth gap.

[6] Federal Reserve Bank of St. Louis, The State of U.S. Household Wealth, 23 de junio de 2025.

Ángel Rivas Téllez

Autor y fundador de Grito de Aztlán.  

Este artículo fue elaborado por Ángel Rivas como parte de un trabajo de investigación periodística y tiene fines exclusivamente informativos, con la intervención editorial de Rosalba Téllez. El contenido no refleja una opinión personal del autor, y se basa en la recopilación y verificación de información de interés público.

Edición Nº 4

El soborno racial: Cómo la división protege al poder Pt. 1

Ensayo especial en dos partes

Por Ángel Rivas Téllez

El soborno no necesita acabar con la pobreza. Sólo necesita hacerla menos humillante, dándole al pobre alguien más vulnerable a quien mirar hacia abajo.

El viejo pacto: Raza, trabajo y riqueza.

La historia de Estados Unidos no puede entenderse solamente como una lucha entre ricos y pobres. También debe entenderse como la historia de cómo la raza ha sido utilizada para impedir que los pobres se reconozcan entre sí como posibles aliados.

El soborno racial no siempre es dinero. Es una recompensa social, legal y psicológica que se ofrece a un grupo para que se identifique con el poder, en lugar de identificarse con otros grupos explotados. Susurra una promesa peligrosa: quizá no eres rico, quizá también sufres, pero al menos estás por encima de alguien más.

Ese susurro ha protegido la riqueza durante siglos. En lugar de dirigir el enojo hacia arriba —hacia los salarios bajos, las rentas imposibles, la deuda médica, el poder corporativo y el abandono político—, se enseña a la gente a dirigirlo hacia los lados o hacia abajo: contra los afroamericanos, los pueblos indígenas, los trabajadores mexicanos, los migrantes asiáticos, los musulmanes, los solicitantes de asilo, los inmigrantes indocumentados o cualquier grupo que en ese momento sea presentado como amenaza.

El resultado es un país donde la desigualdad crece, pero la inconformidad que podría convertirse en solidaridad termina convertida en resentimiento racial.

El viejo pacto

W. E. B. Du Bois describió esta dinámica como el salario público y psicológico de la blancura. Muchos trabajadores blancos pobres recibían poca riqueza material, pero recibían estatus público, ventajas legales y la compensación emocional de ser tratados como superiores a las personas negras.[1] Ese salario no los hizo ricos. Pero sí ayudó a convencerlos de que sus intereses estaban más cerca de la élite blanca que de los trabajadores negros que también eran explotados.

El soborno racial empezó temprano. En 1790, la primera ley federal de naturalización limitó la ciudadanía a las personas blancas libres.[2] Desde el inicio, la pertenencia legal estuvo ligada a la raza. Algunas personas podían trabajar, construir, servir e incluso morir en el país sin ser aceptadas plenamente dentro de él.

Después de la esclavitud, la jerarquía no desapareció; cambió de forma. Durante la Reconstrucción, los agricultores blancos pobres y las personas negras recién liberadas compartían necesidades reales: tierra, salario, alivio de deudas, educación, seguridad y representación política. Pero las leyes de Jim Crow, la segregación, el terror racial y la supresión del voto los dividieron. A los blancos pobres se les ofreció estatus, mientras terratenientes, industriales y élites políticas conservaron el poder.

El mensaje era simple: no se unan como pobres; identifíquense como blancos.

Trabajo, migración y culpa

La misma estrategia marcó la política migratoria. Los trabajadores chinos fueron utilizados primero como mano de obra barata y después culpados como amenaza para los trabajadores blancos. La Ley de Exclusión China de 1882 fue la primera gran ley federal que restringió la inmigración atacando a un grupo étnico específico de trabajadores.[3] Los poderosos se beneficiaron dos veces: explotaron el trabajo inmigrante y luego culparon a los inmigrantes por la inseguridad que esa explotación produjo.

El patrón se repitió en la historia estadounidense. Los trabajadores negros fueron culpados por los conflictos laborales. Los trabajadores mexicanos y filipinos fueron culpados por los bajos salarios en la agricultura. Los inmigrantes irlandeses, italianos y de Europa del Este primero fueron tratados como inferiores y después absorbidos dentro de la blancura, muchas veces a cambio de distanciarse de las personas negras y de otros grupos no blancos.

El soborno funcionaba porque ofrecía una aceptación condicionada: puedes subir, siempre y cuando demuestres que no eres como ellos.

En el siglo XX, las políticas del gobierno profundizaron la brecha racial de riqueza. Las familias blancas tuvieron más acceso a programas de compra de vivienda, desarrollo suburbano, hipotecas respaldadas por el gobierno y oportunidades para construir patrimonio después de la Segunda Guerra Mundial. Muchos veteranos negros, aun después de servir en el ejército, fueron excluidos de los beneficios completos del GI Bill mediante discriminación en educación, vivienda, bancos y administraciones locales.[4]

Eso no fue accidental. La riqueza en Estados Unidos se ha construido mediante leyes, tierra, trabajo, exclusión e herencia. El soborno racial ayudó a ocultar esa verdad. A un trabajador que apenas podía pagar la renta se le podía decir que el problema eran las familias negras, los inmigrantes o los pobres que recibían ayuda pública. Mientras tanto, la parte más alta de la sociedad acumulaba más propiedades, más influencia y más control sobre la economía.

Las cifras muestran el resultado. Brookings reportó que, en 2016, la familia blanca típica tenía aproximadamente diez veces más riqueza que la familia negra típica.[5] En 2025, el Banco de la Reserva Federal de St. Louis reportó que el 10 por ciento más rico de los hogares poseía el 67.2 por ciento de la riqueza total, mientras que el 50 por ciento más pobre poseía apenas el 2.5 por ciento.[6] El país está dividido por raza y por clase, pero la raza ha sido usada para impedir la solidaridad de clase.

Cómo se desvía el sufrimiento

El soborno racial es poderoso porque cambia la dirección emocional del sufrimiento. Cuando la gente está desesperada, busca una explicación. En lugar de escuchar: tus salarios son bajos porque las corporaciones debilitan el poder de los trabajadores, escucha: los inmigrantes te quitan el trabajo. En lugar de escuchar: la vivienda es impagable porque la ganancia distorsionó el mercado, escucha: los pobres están drenando el sistema. En lugar de escuchar: tu deuda médica existe porque la salud se convirtió en negocio, escucha: alguien más recibe beneficios que no merece.

Así es como el resentimiento se vuelve políticamente útil. La persona dañada por el sistema es invitada a defender ese mismo sistema, porque cree que alguien debajo de ella es el verdadero enemigo.

La primera parte muestra cómo el soborno racial convirtió diferencias de raza y clase en una herramienta de control. La segunda parte examina cómo esa misma lógica opera hoy dentro de las comunidades inmigrantes y qué podría ocurrir cuando la división deje de funcionar.

Fuentes seleccionadas

[1] W. E. B. Du Bois, Black Reconstruction in America; explicación del salario público y psicológico de la blancura.

[2] Ley de Naturalización de 1790, que limitó la naturalización a personas blancas libres; recursos de Immigration History / National Archives.

[3] Ley de Exclusión China de 1882; National Archives, Milestone Documents.

[4] Estudios históricos sobre la exclusión racial en la aplicación del GI Bill, vivienda, educación y crédito.

[5] Brookings Institution, Examining the Black-white wealth gap.

[6] Federal Reserve Bank of St. Louis, The State of U.S. Household Wealth, 23 de junio de 2025.

Ángel Rivas Téllez

Autor y fundador de Grito de Aztlán.  

Este artículo fue elaborado por Ángel Rivas como parte de un trabajo de investigación periodística y tiene fines exclusivamente informativos, con la intervención editorial de Rosalba Téllez. El contenido no refleja una opinión personal del autor, y se basa en la recopilación y verificación de información de interés público.

Edición Nº 4

El soborno racial: Cómo la división protege al poder Pt. 1

Ensayo especial en dos partes

Por Ángel Rivas Téllez

El soborno no necesita acabar con la pobreza. Sólo necesita hacerla menos humillante, dándole al pobre alguien más vulnerable a quien mirar hacia abajo.

El viejo pacto: Raza, trabajo y riqueza.

La historia de Estados Unidos no puede entenderse solamente como una lucha entre ricos y pobres. También debe entenderse como la historia de cómo la raza ha sido utilizada para impedir que los pobres se reconozcan entre sí como posibles aliados.

El soborno racial no siempre es dinero. Es una recompensa social, legal y psicológica que se ofrece a un grupo para que se identifique con el poder, en lugar de identificarse con otros grupos explotados. Susurra una promesa peligrosa: quizá no eres rico, quizá también sufres, pero al menos estás por encima de alguien más.

Ese susurro ha protegido la riqueza durante siglos. En lugar de dirigir el enojo hacia arriba —hacia los salarios bajos, las rentas imposibles, la deuda médica, el poder corporativo y el abandono político—, se enseña a la gente a dirigirlo hacia los lados o hacia abajo: contra los afroamericanos, los pueblos indígenas, los trabajadores mexicanos, los migrantes asiáticos, los musulmanes, los solicitantes de asilo, los inmigrantes indocumentados o cualquier grupo que en ese momento sea presentado como amenaza.

El resultado es un país donde la desigualdad crece, pero la inconformidad que podría convertirse en solidaridad termina convertida en resentimiento racial.

El viejo pacto

W. E. B. Du Bois describió esta dinámica como el salario público y psicológico de la blancura. Muchos trabajadores blancos pobres recibían poca riqueza material, pero recibían estatus público, ventajas legales y la compensación emocional de ser tratados como superiores a las personas negras.[1] Ese salario no los hizo ricos. Pero sí ayudó a convencerlos de que sus intereses estaban más cerca de la élite blanca que de los trabajadores negros que también eran explotados.

El soborno racial empezó temprano. En 1790, la primera ley federal de naturalización limitó la ciudadanía a las personas blancas libres.[2] Desde el inicio, la pertenencia legal estuvo ligada a la raza. Algunas personas podían trabajar, construir, servir e incluso morir en el país sin ser aceptadas plenamente dentro de él.

Después de la esclavitud, la jerarquía no desapareció; cambió de forma. Durante la Reconstrucción, los agricultores blancos pobres y las personas negras recién liberadas compartían necesidades reales: tierra, salario, alivio de deudas, educación, seguridad y representación política. Pero las leyes de Jim Crow, la segregación, el terror racial y la supresión del voto los dividieron. A los blancos pobres se les ofreció estatus, mientras terratenientes, industriales y élites políticas conservaron el poder.

El mensaje era simple: no se unan como pobres; identifíquense como blancos.

Trabajo, migración y culpa

La misma estrategia marcó la política migratoria. Los trabajadores chinos fueron utilizados primero como mano de obra barata y después culpados como amenaza para los trabajadores blancos. La Ley de Exclusión China de 1882 fue la primera gran ley federal que restringió la inmigración atacando a un grupo étnico específico de trabajadores.[3] Los poderosos se beneficiaron dos veces: explotaron el trabajo inmigrante y luego culparon a los inmigrantes por la inseguridad que esa explotación produjo.

El patrón se repitió en la historia estadounidense. Los trabajadores negros fueron culpados por los conflictos laborales. Los trabajadores mexicanos y filipinos fueron culpados por los bajos salarios en la agricultura. Los inmigrantes irlandeses, italianos y de Europa del Este primero fueron tratados como inferiores y después absorbidos dentro de la blancura, muchas veces a cambio de distanciarse de las personas negras y de otros grupos no blancos.

El soborno funcionaba porque ofrecía una aceptación condicionada: puedes subir, siempre y cuando demuestres que no eres como ellos.

En el siglo XX, las políticas del gobierno profundizaron la brecha racial de riqueza. Las familias blancas tuvieron más acceso a programas de compra de vivienda, desarrollo suburbano, hipotecas respaldadas por el gobierno y oportunidades para construir patrimonio después de la Segunda Guerra Mundial. Muchos veteranos negros, aun después de servir en el ejército, fueron excluidos de los beneficios completos del GI Bill mediante discriminación en educación, vivienda, bancos y administraciones locales.[4]

Eso no fue accidental. La riqueza en Estados Unidos se ha construido mediante leyes, tierra, trabajo, exclusión e herencia. El soborno racial ayudó a ocultar esa verdad. A un trabajador que apenas podía pagar la renta se le podía decir que el problema eran las familias negras, los inmigrantes o los pobres que recibían ayuda pública. Mientras tanto, la parte más alta de la sociedad acumulaba más propiedades, más influencia y más control sobre la economía.

Las cifras muestran el resultado. Brookings reportó que, en 2016, la familia blanca típica tenía aproximadamente diez veces más riqueza que la familia negra típica.[5] En 2025, el Banco de la Reserva Federal de St. Louis reportó que el 10 por ciento más rico de los hogares poseía el 67.2 por ciento de la riqueza total, mientras que el 50 por ciento más pobre poseía apenas el 2.5 por ciento.[6] El país está dividido por raza y por clase, pero la raza ha sido usada para impedir la solidaridad de clase.

Cómo se desvía el sufrimiento

El soborno racial es poderoso porque cambia la dirección emocional del sufrimiento. Cuando la gente está desesperada, busca una explicación. En lugar de escuchar: tus salarios son bajos porque las corporaciones debilitan el poder de los trabajadores, escucha: los inmigrantes te quitan el trabajo. En lugar de escuchar: la vivienda es impagable porque la ganancia distorsionó el mercado, escucha: los pobres están drenando el sistema. En lugar de escuchar: tu deuda médica existe porque la salud se convirtió en negocio, escucha: alguien más recibe beneficios que no merece.

Así es como el resentimiento se vuelve políticamente útil. La persona dañada por el sistema es invitada a defender ese mismo sistema, porque cree que alguien debajo de ella es el verdadero enemigo.

La primera parte muestra cómo el soborno racial convirtió diferencias de raza y clase en una herramienta de control. La segunda parte examina cómo esa misma lógica opera hoy dentro de las comunidades inmigrantes y qué podría ocurrir cuando la división deje de funcionar.

Fuentes seleccionadas

[1] W. E. B. Du Bois, Black Reconstruction in America; explicación del salario público y psicológico de la blancura.

[2] Ley de Naturalización de 1790, que limitó la naturalización a personas blancas libres; recursos de Immigration History / National Archives.

[3] Ley de Exclusión China de 1882; National Archives, Milestone Documents.

[4] Estudios históricos sobre la exclusión racial en la aplicación del GI Bill, vivienda, educación y crédito.

[5] Brookings Institution, Examining the Black-white wealth gap.

[6] Federal Reserve Bank of St. Louis, The State of U.S. Household Wealth, 23 de junio de 2025.

Ángel Rivas Téllez

Autor y fundador de Grito de Aztlán.  

Este artículo fue elaborado por Ángel Rivas como parte de un trabajo de investigación periodística y tiene fines exclusivamente informativos, con la intervención editorial de Rosalba Téllez. El contenido no refleja una opinión personal del autor, y se basa en la recopilación y verificación de información de interés público.

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