«Puedes pertenecer si demuestras que no eres uno de esos inmigrantes.»
En la primera parte, vimos cómo el poder utilizó la raza para impedir que trabajadores y comunidades explotadas se reconocieran como aliados. Esta segunda entrega sigue la misma lógica dentro de las comunidades inmigrantes, donde el estatus legal puede convertirse en una nueva jerarquía de valor humano.
El soborno dentro de las comunidades inmigrantes
Hoy, el soborno racial también opera dentro de las comunidades inmigrantes, incluyendo las comunidades latinas. La división ya no es solamente entre blancos y no blancos. También aparece como ciudadano contra no ciudadano, documentado contra indocumentado, inmigrante establecido contra recién llegado, votante latino contra migrante de caravana.
Para muchos inmigrantes que lucharon durante años para obtener un estatus legal, la ciudadanía puede sentirse como prueba de sacrificio, disciplina y valor moral. Ese logro es real. Muchas personas esperaron, pagaron abogados, siguieron reglas y vivieron con miedo. Pero el soborno aparece cuando el estatus legal se convierte en arma moral: yo lo hice de la manera correcta, así que ellos merecen castigo. Una diferencia legal se transforma entonces en una jerarquía de valor humano.
El problema es que el sistema migratorio no es igualmente accesible para todos. Muchas personas no tienen una fila real en la cual formarse. Algunas huyen de violencia, pobreza, inestabilidad política, desastres climáticos o separación familiar. Otras entraron siendo niñas y crecieron en Estados Unidos sin haber elegido su situación legal. Otras trabajan durante años en agricultura, construcción, limpieza, cuidado de personas, restaurantes y servicios, mientras siguen legalmente vulnerables. Pew Research Center reportó que los inmigrantes no autorizados representaban alrededor del 4.8 por ciento de la fuerza laboral estadounidense en 2022.[7]
Esto crea otra versión del soborno: la pertenencia legal se usa para separar a los inmigrantes entre sí. Algunos latinos ciudadanos o residentes pueden apoyar políticas migratorias duras porque creen que eso protege su propio estatus, sus trabajos, sus vecindarios o su identidad política. Otros sienten resentimiento hacia los recién llegados porque creen que su propia lucha fue ignorada. Las campañas políticas pueden usar esa tensión presentando a solicitantes de asilo, indocumentados o caravanas como peligro, desorden o competencia injusta.
El enfrentamiento entre algunos votantes latinos y los migrantes de las caravanas revela una verdad dolorosa: la cercanía no siempre produce solidaridad. A veces produce distancia. El inmigrante documentado puede temer ser asociado con el indocumentado. El ciudadano puede temer ser tratado como solicitante de asilo. La familia latina ya establecida puede temer que los recién llegados intensifiquen el racismo contra todos los latinos.
Ese es el soborno racial adaptado a la inmigración. Dice: puedes pertenecer si demuestras que no eres uno de esos inmigrantes. Eres legal, no ilegal; trabajador, no dependiente; asimilado, no extranjero; merecedor, no criminal.
Pero el pacto es frágil, porque la sospecha racial no siempre respeta los papeles. Los ciudadanos latinos y los residentes legales también pueden ser perfilados, cuestionados, temidos o tratados como extranjeros.
Una bomba de tiempo o un punto de cambio
El soborno racial es una bomba de tiempo porque puede retrasar la inconformidad, pero no puede borrar el sufrimiento. La gente puede ser distraída durante años por el resentimiento, pero sigue enfrentando deudas, salarios bajos, rentas impagables, falta de atención médica, desigualdad escolar, violencia policial, separación familiar y abandono político.
En algún momento, la contradicción se vuelve demasiado visible. La superioridad no paga la renta. No compra medicinas. No protege a los hijos de la pobreza. No crea dignidad en el trabajo.
El peligro para los poderosos es que la gente eventualmente reconozca el engaño. Los trabajadores blancos pobres, los trabajadores negros, los ciudadanos latinos, los inmigrantes indocumentados, las comunidades indígenas, los trabajadores asiáticos y otros grupos marginados no tienen historias idénticas. Pero muchos enfrentan sistemas de explotación conectados. Cuando la gente ve que la división ha sido rentable para las élites, el enojo que fue empujado hacia los lados puede comenzar a mirar hacia arriba.
Esto no significa ignorar el racismo en nombre de la unidad de clase. La solidaridad real no puede construirse fingiendo que la raza no importa. Debe comenzar reconociendo que la raza ha sido utilizada como herramienta de control económico.
El futuro depende de si la gente acepta el soborno o lo rechaza. Aceptarlo significa aferrarse a una frágil sensación de superioridad mientras la riqueza sigue concentrándose. Rechazarlo significa negarse a medir el valor humano por raza, ciudadanía, estatus migratorio o cercanía con la blancura.
Significa hacer preguntas más difíciles: ¿quién se beneficia de nuestra división? ¿Quién gana cuando los trabajadores culpan a los migrantes en lugar de culpar a los empleadores? ¿Quién se fortalece cuando los ciudadanos pobres culpan a los no ciudadanos aún más pobres, en lugar de preguntar por qué sobrevivir se ha vuelto tan caro?
El soborno racial ha funcionado durante siglos porque ofrece identidad en lugar de justicia. Pero la identidad sin justicia termina convirtiéndose en cansancio. En algún momento, los pobres reconocen que la promesa era falsa. En algún momento, los inmigrantes documentados e indocumentados reconocen que su miedo nace de la misma estructura. En algún momento, el resentimiento deja de ser suficiente para ocultar el abandono.
Ese momento puede ser peligroso, pero también puede ser transformador. La misma rabia que fue manipulada para dividir puede convertirse en una exigencia de dignidad. Las mismas comunidades que fueron enseñadas a desconfiar unas de otras pueden empezar a ver que la verdadera amenaza no es la persona pobre al otro lado de la frontera, del vecindario o del lugar de trabajo. La verdadera amenaza es un sistema que se vuelve más rico manteniendo a la gente con miedo, dividida y agradecida por migajas.
El soborno racial construyó muros entre personas que debieron haber sido aliadas. El próximo cambio poderoso puede comenzar cuando esos muros dejen de funcionar.
Fuentes seleccionadas
[7] Pew Research Center, What we know about unauthorized immigrants living in the U.S., 22 de julio de 2024.
Ángel Rivas Téllez
Autor y fundador de Grito de Aztlán.
Este artículo fue elaborado por Ángel Rivas como parte de un trabajo de investigación periodística y tiene fines exclusivamente informativos, con la intervención editorial de Rosalba Téllez. El contenido no refleja una opinión personal del autor, y se basa en la recopilación y verificación de información de interés público.